- La velocidad más eficiente para circular en carretera se sitúa generalmente entre los 80 y 90 km/h.
- El uso de marchas largas y mantener bajas revoluciones evita que el motor trabaje forzado.
- El mantenimiento preventivo y la presión correcta de los neumáticos son cruciales para el ahorro.
Cuando nos ponemos al volante, lo primero que nos suele pasar por la cabeza es llegar a tiempo, pero con los precios de la gasolina y el diésel, optimizar el gasto de gasolina o diésel se ha vuelto una prioridad para todos. No se trata solo de que el bolsillo no sufra tanto, sino también de darle un respiro al planeta reduciendo las emisiones contaminantes en cada trayecto.
Existe mucha leyenda urbana sobre cómo ahorrar, pero la realidad es que el consumo depende de una mezcla entre la velocidad, la mecánica del coche y, sobre todo, la mano que tenga el conductor. Si ajustamos unos pocos hábitos, podemos notar una diferencia considerable al final del mes sin necesidad de cambiar de vehículo.
La velocidad clave para el ahorro

Si buscas el dato exacto, la Dirección General de Tráfico (DGT) sugiere que, en carreteras convencionales, el punto dulce donde el motor es más eficiente es aproximadamente a 90 km/h. A esta velocidad se logra un equilibrio perfecto: el coche no va tan lento como para necesitar marchas cortas que revolucionen mucho el motor, ni tan rápido como para que el aire se convierta en un muro difícil de atravesar.
El problema viene cuando empezamos a pisar el acelerador en autovías. Circular a 120 km/h puede disparar el consumo hasta en un 30% más que si lo hiciéramos a una velocidad moderada. Esto ocurre porque la resistencia aerodinámica crece de forma exponencial; es decir, cuanto más rápido vas, más esfuerzo tiene que hacer el motor para vencer el viento, quemando mucho más combustible.
En general, el rango de máxima eficiencia suele oscilar entre los 80 y 100 km/h. De hecho, reducir la velocidad de 110 a 100 km/h puede suponer un ahorro cercano al 9%. Eso sí, ojo con ir demasiado despacio, ya que circular a una velocidad anormalmente reducida sin motivo puede ser peligroso y, en autopistas (donde el mínimo son 60 km/h), podría acabar en una multa de 200 euros.
Domina el cambio de marchas y las revoluciones

Para que el coche no «beba» más de la cuenta, el motor debe trabajar en su zona de máxima eficiencia. La regla de oro es utilizar marchas largas y bajas revoluciones. Para los motores diésel, lo ideal es moverse entre las 1.500 y 2.500 rpm, mientras que en los de gasolina el rango óptimo está entre las 2.000 y 3.000 rpm.
Es fundamental evitar el error de mantener la primera marcha más de lo necesario; úsala solo para arrancar y pasa a la siguiente rápidamente. No obstante, hay que hacer cambios ágiles para no perder demasiada inercia. Si notas que el motor va «ahogado» o vibra demasiado, es que la marcha es demasiado larga para la velocidad actual y el coche acabará gastando más gasolina para compensar la falta de fuerza.
Técnicas de conducción inteligente

No todo es el velocímetro, la forma en que tratamos los pedales es determinante. Evitar los acelerones bruscos y los frenazos de última hora es básico. Lo más inteligente es anticiparse al tráfico: si ves un semáforo en rojo a lo lejos o una curva, levanta el pie del acelerador y deja que el coche pierda velocidad por inercia. Usar el freno motor es mucho más eficiente que pisar el pedal del freno constantemente.
En cuanto a las paradas, existe el debate de si es mejor dejar el motor encendido o no. La norma general es que si vas a estar detenido más de 60 segundos, lo más rentable es apagar el vehículo. Mantener el coche al ralentí durante minutos es tirar el combustible literalmente a la basura.
Factores externos que disparan el consumo

A veces el problema no es cómo conducimos, sino cómo está el coche. Los neumáticos son un factor crítico; si la presión es más baja de lo recomendado, la resistencia al rodar aumenta y el motor tiene que esforzarse más. Del mismo modo, llevar el maletero lleno de cosas que no necesitas o usar la baca en el techo altera la aerodinámica y añade un peso muerto que penaliza el consumo hasta en un 30%.
El clima también juega su papel. A velocidades altas (más de 80 km/h), es mejor cerrar las ventanillas para evitar que el aire entre en la cabina y cree un efecto paracaídas. Sobre el aire acondicionado, lo ideal es usarlo con moderación y solo cuando sea estrictamente necesario, ya que consume energía directa del motor.
Mantenimiento y trucos adicionales
Un coche descuidado es un coche que gasta más. Elementos como el filtro de aire, las bujías y el aceite deben estar en perfecto estado. Si el filtro está sucio, el motor no respira bien y la combustión es ineficiente, obligándote a pisar más el acelerador para obtener la misma potencia. En este sentido, existen diversos mitos y verdades sobre el mantenimiento de los vehículos que es importante conocer.
Otros consejos prácticos incluyen planificar la ruta para evitar atascos mediante apps de tráfico, lo que permite mantener una velocidad constante. También es recomendable no esperar a que el coche esté en la reserva, ya que algunos expertos sugieren mantener el tanque aproximadamente a la mitad es lo ideal. Por último, un truco sencillo al repostar es girar el dispensador hacia arriba al final para aprovechar hasta la última gota de la manguera.
Tecnología a nuestro favor
Los vehículos modernos incluyen herramientas que facilitan el ahorro. El control de crucero es fantástico en autopistas rectas y despejadas para mantener la velocidad exacta, aunque es contraproducente en carreteras de montaña donde el sistema acelera bruscamente para mantener la velocidad en las subidas. Asimismo, los modos «Eco» y los sistemas de monitorización de presión de neumáticos ayudan a que el conductor sea más consciente de su eficiencia en tiempo real.
Combinar una velocidad constante cercana a los 90 km/h, el uso correcto de las marchas según el tipo de motor y un mantenimiento riguroso de los neumáticos y filtros permite reducir drásticamente el gasto de combustible. La clave reside en una conducción fluida, evitando el estrés del motor y aprovechando la inercia del vehículo para minimizar las aceleraciones innecesarias y optimizar cada litro en el depósito.