- Desde los lujosos Cadillac de los años 30 hasta los brutales Bugatti modernos, la arquitectura de 16 cilindros ha sido el símbolo máximo de potencia y exclusividad.
- Muchos de estos proyectos, como el BMW Goldfish o el Devel Sixteen, quedaron en fase de prototipo o concept car debido a su complejidad técnica y costes.
- En el ámbito del motorismo, marcas como Auto Union, Maserati y BRM llevaron el V16 a las pistas, aunque a menudo sacrificando la fiabilidad por el rendimiento.
Cuando hablamos de motores, hay quienes se conforman con lo habitual, pero luego están esos locos del asfalto que buscan la máxima expresión de la ingeniería. Los coches de 16 cilindros son, básicamente, el Santo Grial de la potencia, reservando esta configuración para máquinas que no conocen el límite y que buscan dejar huella en la historia del automovilismo.
No es nada fácil meter semejante bestia bajo el capó; requiere un espacio descomunal y una gestión térmica que puede sacar canas a cualquier ingeniero. Aun así, desde los gángsters de la era de la ley seca hasta los coleccionistas de hipercoches actuales, la fascinación por los V16 y W16 sigue intacta, mezclando el lujo más obsceno con un rendimiento que te deja sin aliento.
Las leyendas pioneras y el lujo de entreguerras

Si nos vamos a los inicios, el primer coche producido en serie con esta arquitectura fue el Cadillac V-16 lanzado en 1930. Este bólido, que presumía de un motor de 7,4 litros y 175 CV, era el juguete preferido de las élites y figuras como Al Capone, especialmente en sus versiones blindadas que pesaban una barbaridad. Más tarde, en 1937, llegó la Serie 90, que aunque era algo más ligera y potente con 185 CV, no logró despegar en ventas y desapareció hacia 1940.
Pero Cadillac no estaba solo en esta aventura. La firma Marmon ya había estado trabajando en un V16 desde 1926, inspirándose en motores de aviación de Bugatti. El resultado fue el Marmon Sixteen de 1931, una joya de aluminio de 8 litros que rendía 200 CV, superando en ligereza y potencia al Cadillac. Lamentablemente, el crack económico de la Gran Depresión terminó por hundir a la compañía. También hubo intentos como los de Peerless, que creó un prototipo que nunca llegó a comercializarse antes de que su fábrica acabara convirtiéndose en una cervecería.
La velocidad pura: Motores de competición

En el mundo de las carreras, los 16 cilindros fueron sinónimo de valentía. El Maserati Tipo V4 de 1929, con su diseño de Zagato y motor sobrealimentado, fue un auténtico cohete que alcanzó los 246 km/h. Por otro lado, los Auto Union Tipo A, B y C, diseñados por el legendario Ferdinand Porsche, eran auténticas bestias de motor central. El Tipo C, con 520 CV y apenas 734 kg, era una máquina indomable capaz de volar sobre el asfalto.
Hubo proyectos más exóticos y arriesgados, como el Alfa Romeo Tipo 316, que unió dos motores de ocho cilindros para competir en el GP de Trípoli. Ya en la posguerra, el BRM V16 de Fórmula 1 intentó dominar la pista entre 1950 y 1955; aunque tenía una potencia brutal de unos 600 CV, era un dolor de cabeza para los pilotos debido a su bajísima fiabilidad y una entrega de potencia muy estrecha.
- Auto Union Type 52: Un proyecto de los años 30 que Audi ha resucitado recientemente para Goodwood 2024, elevando la potencia original a 512 CV.
- Jiménez Novia: Una creación amateur española basada en el Porsche 917 que alcanzó los 380 km/h en pruebas cerradas.
- Cord V16: Un superdeportivo que compitió en las 500 Millas de Indianápolis, aunque sufrió por la dificultad de cambiar sus 16 bujías.
Experimentos fallidos y sueños de potencia

En los años 80, la fiebre volvió. BMW intentó crear el motor Goldfish, básicamente un V12 al que le añadieron cuatro cilindros más. El resultado se montó en un Serie 7, pero el proyecto se abortó porque el motor ocupaba tanto espacio que tuvieron que poner los radiadores atrás, quitando sitio al maletero y ganando apenas unos caballos. Mercedes-Benz también hizo sus pinitos con unos 90 prototipos de V16 que superaban los 600 CV, pero nunca llegaron a la producción masiva.
Rolls-Royce también quiso entrar en el juego con el concept car 100EX y un motor de 9 litros. Aunque no se vendió, este coche acabó siendo protagonista en la película Johnny English Reborn. Por su parte, Cizeta lanzó el V16T en 1988, una curiosidad mecánica que básicamente eran dos motores Ferrari V8 unidos por un sistema de engranajes, fabricando menos de 10 unidades.
La era moderna: Bugatti y los hipercoches

Hoy en día, cuando pensamos en 16 cilindros, el nombre que manda es Bugatti. El Bugatti Veyron revolucionó todo con su bloque W16, aunque inicialmente se pensó en un motor de 18 cilindros. Su sucesor, el Bugatti Chiron Super Sport, llevó las cosas al extremo siendo el primer coche de producción en romper la barrera de las 300 mph. Recientemente, el Bugatti Bolide se ha posicionado como el referente actual de rendimiento en circuito para esta arquitectura.
Y no podemos olvidar las promesas exageradas. El Devel Sixteen, proveniente de los Emiratos Árabes, prometió una velocidad de 586 km/h y unos absurdos 5.000 CV en su versión de pista. Sin embargo, la realidad ha sido más modesta y, hasta ahora, solo se ha materializado una versión con motor V8. También destaca el Cadillac Sixteen de 2003, un prototipo de 13,6 litros y 1.000 CV que servía de homenaje a sus ancestros de los años 30.
Más allá del asfalto: Aplicaciones industriales
Curiosamente, mientras que en los coches el V16 es una rareza, en el mundo industrial es más común. Se utilizan en locomotoras de ferrocarril y motores marinos, como los de GE Transportation o Wärtsilä, donde se pueden alcanzar potencias delirantes de más de 25.000 HP. Incluso en la aviación hubo hitos, como el motor Chrysler IV-2220 instalado en un Republic P-47 Thunderbolt, que alcanzaba los 811 km/h antes de que la Segunda Guerra Mundial pusiera fin a su desarrollo.
Desde las elegantes berlinas blindadas de los gángsters hasta los modernos monstruos de Molsheim, la trayectoria de los motores de 16 cilindros ha sido un viaje lleno de excesos y genialidad técnica. A pesar de que las normativas ambientales y la eficiencia han relegado estas configuraciones al olvido o a ediciones ultra limitadas, su legado permanece como un recordatorio de una época donde la potencia bruta era la única medida del éxito y la ingeniería no tenía límites presupuestarios ni espaciales.